Description
Un arco largo y fuerte capaz de emitir un brillo onírico incluso en la más profunda de las oscuridades. El jade con el que está hecha esta arma puede brillar incluso en la más profunda de las oscuridades.
Se dice que cuando este tenso arco fue tallado, podía disparar unas afiladas flechas que perseguían al mal hasta aniquilarlo.
La mirada del jade, rey de todos los minerales, era firme y penetrante, y su brillo era frío y sutil, igual que el incansable titileo del ámbar dorado.
En aquella época tan convulsa, el temblor de la cuerda del arco, su sonido y su alarido reemplazaron a los reconfortantes cantos de las personas.
Según la leyenda, la diosa que tan bien conocía las debilidades de los humanos fue asesinada por este poderoso arco.
No había nada que sus ojos no vieran, ni nada que se escapase a su inteligencia. Además, era una experta manipulando los corazones de la gente.
“Mira, hijo mío. Mira cómo el miedo corroe a este intrépido héroe y cómo los egoístas reyes se arrodillan para pedir misericordia.
Mira, hijo mío. Mira a ese par de enamorados que se juraron amor eterno, y mira cómo sufren por la traición y las mentiras”.
Atrapada por el resentimiento y el odio, la diosa degustaba la fruta de la felicidad, de la cual emanaba un jugoso líquido, apoyada sobre su trono.
Las cadenas invisibles que la tenían aprisionada resonaban, “clin clan”, mientras un gran dolor y una delirante felicidad impregnaban todo su ser, al tiempo que el leal perro del odio engullía sus sueños.
Gracias a su firmeza, podía resistir cualquier herida y cualquier latigazo, pues estaba acostumbrada al gran dolor que sentía cada vez que palpitaba su corazón.
Sus sangrientos sueños eran hermosos, pero efímeros, y la imbuían del más puro odio, el cual era precisamente la razón de la delirante felicidad de la diosa.
“Y ahora dime, hijo mío. ¡Dime! ¿A qué saben los sueños que has engullido?
Hijo mío, has de saber que el amor es como una simple y efímera bruma. El poder es la verdadera materia prima de la que están hechos los sueños”.
Se dice que cuando este tenso arco fue tallado, podía disparar unas afiladas flechas que perseguían al mal hasta aniquilarlo.
La mirada del jade, rey de todos los minerales, era firme y penetrante, y su brillo era frío y sutil, igual que el incansable titileo del ámbar dorado.
En aquella época tan convulsa, el temblor de la cuerda del arco, su sonido y su alarido reemplazaron a los reconfortantes cantos de las personas.
Según la leyenda, la diosa que tan bien conocía las debilidades de los humanos fue asesinada por este poderoso arco.
No había nada que sus ojos no vieran, ni nada que se escapase a su inteligencia. Además, era una experta manipulando los corazones de la gente.
“Mira, hijo mío. Mira cómo el miedo corroe a este intrépido héroe y cómo los egoístas reyes se arrodillan para pedir misericordia.
Mira, hijo mío. Mira a ese par de enamorados que se juraron amor eterno, y mira cómo sufren por la traición y las mentiras”.
Atrapada por el resentimiento y el odio, la diosa degustaba la fruta de la felicidad, de la cual emanaba un jugoso líquido, apoyada sobre su trono.
Las cadenas invisibles que la tenían aprisionada resonaban, “clin clan”, mientras un gran dolor y una delirante felicidad impregnaban todo su ser, al tiempo que el leal perro del odio engullía sus sueños.
Gracias a su firmeza, podía resistir cualquier herida y cualquier latigazo, pues estaba acostumbrada al gran dolor que sentía cada vez que palpitaba su corazón.
Sus sangrientos sueños eran hermosos, pero efímeros, y la imbuían del más puro odio, el cual era precisamente la razón de la delirante felicidad de la diosa.
“Y ahora dime, hijo mío. ¡Dime! ¿A qué saben los sueños que has engullido?
Hijo mío, has de saber que el amor es como una simple y efímera bruma. El poder es la verdadera materia prima de la que están hechos los sueños”.