Story
Satén Detenido en la Gloria
El lazo con forma de flor que ella recibió como regalo de una amiga cuyas manos eran gélidas como el hielo. Hoy en día, la mansión de las montañas administrada por la más ilustre de los snegovik rara vez recibe visitas.
Pero dicen que, en un tiempo pasado, muchos señores nobles acudían a los banquetes que se organizaban en ella portando invitaciones grabadas en oro.
La muchacha de cabello gris plateado también estaba entre los invitados, aunque en aquel entonces aún no era una hechicera en las sombras.
Tampoco había llamado aún a la puerta secreta, sino que tan solo era una sirvienta de la corte que acompañaba al emperador del Reino del Norte.
Las conversaciones de las hadas le parecían rancias y aburridas.
Además, como era humana, siempre tenía que soportar las miradas de aquellos seres tan diferentes a ella, así que se escapó discretamente del salón de banquetes...
Desgraciadamente, el interior de aquel edificio milenario era verdaderamente complejo.
Cuando la muchacha, que había estado ascendiendo sin un rumbo fijo, se dio cuenta de su error, descubrió que el camino de vuelta había quedado sepultado entre una maraña de pasillos sinuosos y escaleras interminables, mientras la luna la confundía con su juego de luces a través de las ventanas.
Sin embargo, en aquel lugar silencioso y solitario, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero entonces, la anfitriona del banquete, la duquesa de las snegúrochkas, apareció de repente detrás de ella.
En ese momento, la muchacha se dio cuenta de que la señora que dominaba el hielo y las nieves también llevaba mucho tiempo harta de los clichés y banalidades de sus invitados.
Así pues, no le prestaron más atención al banquete y la señora le mostró las pinturas, esculturas y enigmas que había ocultos en la mansión.
La muchacha de cabello gris reaccionó con la inteligencia y el ingenio que ya la caracterizaban en aquel entonces.
Cuando terminaron de hablar, la duquesa de las snegúrochkas, en una demostración de sus habilidades feéricas, esculpió un patio entero usando un hielo inderretible.
El patio tenía torres que eran como pilares de sal, árboles que se mecían suavemente sin que soplara el viento, hierba blanca, flores de escarcha, conejos y alces majestuosos...
Todo se desplegaba bajo sus pies, como un sueño que brota súbitamente junto a la almohada de alguien que duerme profundamente.
Como si hubiera notado el anhelo en los ojos de la muchacha, la duquesa de las snegúrochkas le recordó con cierto pesar:
“Aunque este sea un hielo que nunca se derrite, sigue siendo una creación mágica, así que no puede durar para siempre.
Lo que tienes ante ti no es más que un destello efímero de luz y sombra, grabado en la sangre de quienes antaño fuimos esclavos.
Pero quién iba a decir que serían los sirvientes de tiempos pasados quienes aún son capaces de realizar estos trucos,
mientras que los humanos que una vez fueron los amos ya no pueden recrear la gloria del pasado”.
Al despedirse, la duquesa de las snegúrochkas hizo para ella una flor de seda.
Aunque la seda pierde su color con el tiempo, es un material mucho más duradero comparado con el hielo inderretible.
Al observar cómo la snegúrochka le colocaba el lazo de satén en el pecho con sus finos dedos, la muchacha sonrió y dijo:
“Pensaba que... su destreza solo se aplicaba a la técnica con la que manipula el hielo y la nieve para dar forma a las cosas”.
“Aksinya...”, dijo la duquesa de las snegúrochkas. “La destreza no proviene de las manos, sino del corazón.
Esta es la prueba de nuestra amistad. A partir de ahora, no importa cuándo sea, siempre me alegraré de verte por aquí”.
Pero dicen que, en un tiempo pasado, muchos señores nobles acudían a los banquetes que se organizaban en ella portando invitaciones grabadas en oro.
La muchacha de cabello gris plateado también estaba entre los invitados, aunque en aquel entonces aún no era una hechicera en las sombras.
Tampoco había llamado aún a la puerta secreta, sino que tan solo era una sirvienta de la corte que acompañaba al emperador del Reino del Norte.
Las conversaciones de las hadas le parecían rancias y aburridas.
Además, como era humana, siempre tenía que soportar las miradas de aquellos seres tan diferentes a ella, así que se escapó discretamente del salón de banquetes...
Desgraciadamente, el interior de aquel edificio milenario era verdaderamente complejo.
Cuando la muchacha, que había estado ascendiendo sin un rumbo fijo, se dio cuenta de su error, descubrió que el camino de vuelta había quedado sepultado entre una maraña de pasillos sinuosos y escaleras interminables, mientras la luna la confundía con su juego de luces a través de las ventanas.
Sin embargo, en aquel lugar silencioso y solitario, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero entonces, la anfitriona del banquete, la duquesa de las snegúrochkas, apareció de repente detrás de ella.
En ese momento, la muchacha se dio cuenta de que la señora que dominaba el hielo y las nieves también llevaba mucho tiempo harta de los clichés y banalidades de sus invitados.
Así pues, no le prestaron más atención al banquete y la señora le mostró las pinturas, esculturas y enigmas que había ocultos en la mansión.
La muchacha de cabello gris reaccionó con la inteligencia y el ingenio que ya la caracterizaban en aquel entonces.
Cuando terminaron de hablar, la duquesa de las snegúrochkas, en una demostración de sus habilidades feéricas, esculpió un patio entero usando un hielo inderretible.
El patio tenía torres que eran como pilares de sal, árboles que se mecían suavemente sin que soplara el viento, hierba blanca, flores de escarcha, conejos y alces majestuosos...
Todo se desplegaba bajo sus pies, como un sueño que brota súbitamente junto a la almohada de alguien que duerme profundamente.
Como si hubiera notado el anhelo en los ojos de la muchacha, la duquesa de las snegúrochkas le recordó con cierto pesar:
“Aunque este sea un hielo que nunca se derrite, sigue siendo una creación mágica, así que no puede durar para siempre.
Lo que tienes ante ti no es más que un destello efímero de luz y sombra, grabado en la sangre de quienes antaño fuimos esclavos.
Pero quién iba a decir que serían los sirvientes de tiempos pasados quienes aún son capaces de realizar estos trucos,
mientras que los humanos que una vez fueron los amos ya no pueden recrear la gloria del pasado”.
Al despedirse, la duquesa de las snegúrochkas hizo para ella una flor de seda.
Aunque la seda pierde su color con el tiempo, es un material mucho más duradero comparado con el hielo inderretible.
Al observar cómo la snegúrochka le colocaba el lazo de satén en el pecho con sus finos dedos, la muchacha sonrió y dijo:
“Pensaba que... su destreza solo se aplicaba a la técnica con la que manipula el hielo y la nieve para dar forma a las cosas”.
“Aksinya...”, dijo la duquesa de las snegúrochkas. “La destreza no proviene de las manos, sino del corazón.
Esta es la prueba de nuestra amistad. A partir de ahora, no importa cuándo sea, siempre me alegraré de verte por aquí”.
Satén Detenido en la Gloria
El lazo con forma de flor que ella recibió como regalo de una amiga cuyas manos eran gélidas como el hielo. Hoy en día, la mansión de las montañas administrada por la más ilustre de los snegovik rara vez recibe visitas.
Pero dicen que, en un tiempo pasado, muchos señores nobles acudían a los banquetes que se organizaban en ella portando invitaciones grabadas en oro.
La muchacha de cabello gris plateado también estaba entre los invitados, aunque en aquel entonces aún no era una hechicera en las sombras.
Tampoco había llamado aún a la puerta secreta, sino que tan solo era una sirvienta de la corte que acompañaba al emperador del Reino del Norte.
Las conversaciones de las hadas le parecían rancias y aburridas.
Además, como era humana, siempre tenía que soportar las miradas de aquellos seres tan diferentes a ella, así que se escapó discretamente del salón de banquetes...
Desgraciadamente, el interior de aquel edificio milenario era verdaderamente complejo.
Cuando la muchacha, que había estado ascendiendo sin un rumbo fijo, se dio cuenta de su error, descubrió que el camino de vuelta había quedado sepultado entre una maraña de pasillos sinuosos y escaleras interminables, mientras la luna la confundía con su juego de luces a través de las ventanas.
Sin embargo, en aquel lugar silencioso y solitario, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero entonces, la anfitriona del banquete, la duquesa de las snegúrochkas, apareció de repente detrás de ella.
En ese momento, la muchacha se dio cuenta de que la señora que dominaba el hielo y las nieves también llevaba mucho tiempo harta de los clichés y banalidades de sus invitados.
Así pues, no le prestaron más atención al banquete y la señora le mostró las pinturas, esculturas y enigmas que había ocultos en la mansión.
La muchacha de cabello gris reaccionó con la inteligencia y el ingenio que ya la caracterizaban en aquel entonces.
Cuando terminaron de hablar, la duquesa de las snegúrochkas, en una demostración de sus habilidades feéricas, esculpió un patio entero usando un hielo inderretible.
El patio tenía torres que eran como pilares de sal, árboles que se mecían suavemente sin que soplara el viento, hierba blanca, flores de escarcha, conejos y alces majestuosos...
Todo se desplegaba bajo sus pies, como un sueño que brota súbitamente junto a la almohada de alguien que duerme profundamente.
Como si hubiera notado el anhelo en los ojos de la muchacha, la duquesa de las snegúrochkas le recordó con cierto pesar:
“Aunque este sea un hielo que nunca se derrite, sigue siendo una creación mágica, así que no puede durar para siempre.
Lo que tienes ante ti no es más que un destello efímero de luz y sombra, grabado en la sangre de quienes antaño fuimos esclavos.
Pero quién iba a decir que serían los sirvientes de tiempos pasados quienes aún son capaces de realizar estos trucos,
mientras que los humanos que una vez fueron los amos ya no pueden recrear la gloria del pasado”.
Al despedirse, la duquesa de las snegúrochkas hizo para ella una flor de seda.
Aunque la seda pierde su color con el tiempo, es un material mucho más duradero comparado con el hielo inderretible.
Al observar cómo la snegúrochka le colocaba el lazo de satén en el pecho con sus finos dedos, la muchacha sonrió y dijo:
“Pensaba que... su destreza solo se aplicaba a la técnica con la que manipula el hielo y la nieve para dar forma a las cosas”.
“Aksinia...”, dijo la duquesa de las snegúrochkas. “La destreza no proviene de las manos, sino del corazón.
Esta es la prueba de nuestra amistad. A partir de ahora, no importa cuándo sea, siempre me alegraré de verte por aquí”.
Pero dicen que, en un tiempo pasado, muchos señores nobles acudían a los banquetes que se organizaban en ella portando invitaciones grabadas en oro.
La muchacha de cabello gris plateado también estaba entre los invitados, aunque en aquel entonces aún no era una hechicera en las sombras.
Tampoco había llamado aún a la puerta secreta, sino que tan solo era una sirvienta de la corte que acompañaba al emperador del Reino del Norte.
Las conversaciones de las hadas le parecían rancias y aburridas.
Además, como era humana, siempre tenía que soportar las miradas de aquellos seres tan diferentes a ella, así que se escapó discretamente del salón de banquetes...
Desgraciadamente, el interior de aquel edificio milenario era verdaderamente complejo.
Cuando la muchacha, que había estado ascendiendo sin un rumbo fijo, se dio cuenta de su error, descubrió que el camino de vuelta había quedado sepultado entre una maraña de pasillos sinuosos y escaleras interminables, mientras la luna la confundía con su juego de luces a través de las ventanas.
Sin embargo, en aquel lugar silencioso y solitario, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero entonces, la anfitriona del banquete, la duquesa de las snegúrochkas, apareció de repente detrás de ella.
En ese momento, la muchacha se dio cuenta de que la señora que dominaba el hielo y las nieves también llevaba mucho tiempo harta de los clichés y banalidades de sus invitados.
Así pues, no le prestaron más atención al banquete y la señora le mostró las pinturas, esculturas y enigmas que había ocultos en la mansión.
La muchacha de cabello gris reaccionó con la inteligencia y el ingenio que ya la caracterizaban en aquel entonces.
Cuando terminaron de hablar, la duquesa de las snegúrochkas, en una demostración de sus habilidades feéricas, esculpió un patio entero usando un hielo inderretible.
El patio tenía torres que eran como pilares de sal, árboles que se mecían suavemente sin que soplara el viento, hierba blanca, flores de escarcha, conejos y alces majestuosos...
Todo se desplegaba bajo sus pies, como un sueño que brota súbitamente junto a la almohada de alguien que duerme profundamente.
Como si hubiera notado el anhelo en los ojos de la muchacha, la duquesa de las snegúrochkas le recordó con cierto pesar:
“Aunque este sea un hielo que nunca se derrite, sigue siendo una creación mágica, así que no puede durar para siempre.
Lo que tienes ante ti no es más que un destello efímero de luz y sombra, grabado en la sangre de quienes antaño fuimos esclavos.
Pero quién iba a decir que serían los sirvientes de tiempos pasados quienes aún son capaces de realizar estos trucos,
mientras que los humanos que una vez fueron los amos ya no pueden recrear la gloria del pasado”.
Al despedirse, la duquesa de las snegúrochkas hizo para ella una flor de seda.
Aunque la seda pierde su color con el tiempo, es un material mucho más duradero comparado con el hielo inderretible.
Al observar cómo la snegúrochka le colocaba el lazo de satén en el pecho con sus finos dedos, la muchacha sonrió y dijo:
“Pensaba que... su destreza solo se aplicaba a la técnica con la que manipula el hielo y la nieve para dar forma a las cosas”.
“Aksinia...”, dijo la duquesa de las snegúrochkas. “La destreza no proviene de las manos, sino del corazón.
Esta es la prueba de nuestra amistad. A partir de ahora, no importa cuándo sea, siempre me alegraré de verte por aquí”.
Celebración Detenida en el Clamor
La copa de vino que ella obtuvo de su compañero como parte de la celebración. Hubo un tiempo en que el veneno primigenio y la luz primigenia se entrelazaron en un punto ciego de la mirada celestial.
Un amor, un anhelo y una ambición ligeramente más grandes que el mundo entero estaban a punto de tomar forma en un lugar donde nadie pudiera verlos.
Se trataba de un concepto que habría sido imposible con la más mínima desviación, un experimento que rozaba la locura del mundo.
Era como si, sujetando las manos del destino, alguien hubiera hecho caer incontables veces una moneda en el lado de la cara para obtener ese resultado.
O quizás fue el malestar en la frontera lo que permitió que ciertas posibilidades atravesaran varias barreras y fueran capturadas y materializadas por medio de un plan absurdo.
Hubo una vez un grupo de personas al que, por encargo del Rey de las Nieves, el cual cargaba con el peso del pecado y la culpa, se le asignó una tarea.
Debían buscar la escalera que conducía al trono vacío de la corte de estrellas, el camino hacia un mundo libre de toda miseria.
Después de innumerables días y noches de arduo trabajo, incontables actos que desafiaban lo prohibido e incalculables expediciones a las ruinas de civilizaciones ancestrales...
Aquel sueño que se originó en el antiguo reino dorado por fin incubó un enorme embrión que había estado oculto en las sombras.
El vetusto domovói Alvis se levantó de su alto taburete e ignoró a la duquesa de las snegúrochkas y al alquimista melancólico de pelo largo.
El anciano, amable pero poco afectuoso, y gran duque que monopolizaba toda la industria minera desde la fundación de Kitezhgrado, alzó su copa hacia ella y dijo:
“Cuesta imaginar que una hazaña tan grande fuera finalmente llevada a cabo por humanos, pero todos sabemos que...
Pretender, en el transcurso de una vida tan breve, alcanzar e incluso superar todo lo que lograron nuestros predecesores, Aksinya...
Todos sabemos cuánto te has esforzado para hacerlo, y deberías sentirte orgullosa por ello”.
No debió ser nada fácil que el gran duque domovói, que nunca había tenido mucha estima por los humanos, diera una valoración como esa.
La muchacha se acordó de la primera vez que lo vio, y del profundo desprecio y temor hacia los humanos que reflejaba su mirada.
Pero eso poco importaba, pues el resentimiento de un hada era insignificante ante el gran sueño del Rey del Hielo y la Nieve.
Además, ese domovói, que aparecía repetidamente en la historia del reino de las nieves, le había enseñado a ella todo lo que sabía con mucha generosidad.
Asimismo, la había orientado en numerosas ocasiones, por lo que, en cierto sentido, era tanto el maestro como el amigo de aquella muchacha de pelo canoso.
Ella levantó su copa, rebosante de un líquido amargo, y el licor salpicó y se escurrió por las paredes del recipiente al agitarlo.
En ese momento, su compañero domovói la observó con una mirada tan tierna y cálida como la de un mayor que mira con cariño a alguien más joven.
Un amor, un anhelo y una ambición ligeramente más grandes que el mundo entero estaban a punto de tomar forma en un lugar donde nadie pudiera verlos.
Se trataba de un concepto que habría sido imposible con la más mínima desviación, un experimento que rozaba la locura del mundo.
Era como si, sujetando las manos del destino, alguien hubiera hecho caer incontables veces una moneda en el lado de la cara para obtener ese resultado.
O quizás fue el malestar en la frontera lo que permitió que ciertas posibilidades atravesaran varias barreras y fueran capturadas y materializadas por medio de un plan absurdo.
Hubo una vez un grupo de personas al que, por encargo del Rey de las Nieves, el cual cargaba con el peso del pecado y la culpa, se le asignó una tarea.
Debían buscar la escalera que conducía al trono vacío de la corte de estrellas, el camino hacia un mundo libre de toda miseria.
Después de innumerables días y noches de arduo trabajo, incontables actos que desafiaban lo prohibido e incalculables expediciones a las ruinas de civilizaciones ancestrales...
Aquel sueño que se originó en el antiguo reino dorado por fin incubó un enorme embrión que había estado oculto en las sombras.
El vetusto domovói Alvis se levantó de su alto taburete e ignoró a la duquesa de las snegúrochkas y al alquimista melancólico de pelo largo.
El anciano, amable pero poco afectuoso, y gran duque que monopolizaba toda la industria minera desde la fundación de Kitezhgrado, alzó su copa hacia ella y dijo:
“Cuesta imaginar que una hazaña tan grande fuera finalmente llevada a cabo por humanos, pero todos sabemos que...
Pretender, en el transcurso de una vida tan breve, alcanzar e incluso superar todo lo que lograron nuestros predecesores, Aksinya...
Todos sabemos cuánto te has esforzado para hacerlo, y deberías sentirte orgullosa por ello”.
No debió ser nada fácil que el gran duque domovói, que nunca había tenido mucha estima por los humanos, diera una valoración como esa.
La muchacha se acordó de la primera vez que lo vio, y del profundo desprecio y temor hacia los humanos que reflejaba su mirada.
Pero eso poco importaba, pues el resentimiento de un hada era insignificante ante el gran sueño del Rey del Hielo y la Nieve.
Además, ese domovói, que aparecía repetidamente en la historia del reino de las nieves, le había enseñado a ella todo lo que sabía con mucha generosidad.
Asimismo, la había orientado en numerosas ocasiones, por lo que, en cierto sentido, era tanto el maestro como el amigo de aquella muchacha de pelo canoso.
Ella levantó su copa, rebosante de un líquido amargo, y el licor salpicó y se escurrió por las paredes del recipiente al agitarlo.
En ese momento, su compañero domovói la observó con una mirada tan tierna y cálida como la de un mayor que mira con cariño a alguien más joven.
Celebración Detenida en el Clamor
La copa de vino que ella obtuvo de su compañero como parte de la celebración. Hubo un tiempo en que el veneno primigenio y la luz primigenia se entrelazaron en un punto ciego de la mirada celestial.
Un amor, un anhelo y una ambición ligeramente más grandes que el mundo entero estaban a punto de tomar forma en un lugar donde nadie pudiera verlos.
Se trataba de un concepto que habría sido imposible con la más mínima desviación, un experimento que rozaba la locura del mundo.
Era como si, sujetando las manos del destino, alguien hubiera hecho caer incontables veces una moneda en el lado de la cara para obtener ese resultado.
O quizás fue el malestar en la frontera lo que permitió que ciertas posibilidades atravesaran varias barreras y fueran capturadas y materializadas por medio de un plan absurdo.
Hubo una vez un grupo de personas al que, por encargo del Rey de las Nieves, el cual cargaba con el peso del pecado y la culpa, se le asignó una tarea.
Debían buscar la escalera que conducía al trono vacío de la corte de estrellas, el camino hacia un mundo libre de toda miseria.
Después de innumerables días y noches de arduo trabajo, incontables actos que desafiaban lo prohibido e incalculables expediciones a las ruinas de civilizaciones ancestrales...
Aquel sueño que se originó en el antiguo reino dorado por fin incubó un enorme embrión que había estado oculto en las sombras.
El vetusto domovói Alvis se levantó de su alto taburete e ignoró a la duquesa de las snegúrochkas y al alquimista melancólico de pelo largo.
El anciano, amable pero poco afectuoso, y gran duque que monopolizaba toda la industria minera desde la fundación de Kitezhgrado, alzó su copa hacia ella y dijo:
“Cuesta imaginar que una hazaña tan grande fuera finalmente llevada a cabo por humanos, pero todos sabemos que...
Pretender, en el transcurso de una vida tan breve, alcanzar e incluso superar todo lo que lograron nuestros predecesores, Aksinia...
Todos sabemos cuánto te has esforzado para hacerlo, y deberías sentirte orgullosa por ello”.
No debió ser nada fácil que el gran duque domovói, que nunca había tenido mucha estima por los humanos, diera una valoración como esa.
La muchacha se acordó de la primera vez que lo vio, y del profundo desprecio y temor hacia los humanos que reflejaba su mirada.
Pero eso poco importaba, pues el resentimiento de un hada era insignificante ante el gran sueño del Rey del Hielo y la Nieve.
Además, ese domovói, que aparecía repetidamente en la historia del reino de las nieves, le había enseñado a ella todo lo que sabía con mucha generosidad.
Asimismo, la había orientado en numerosas ocasiones, por lo que, en cierto sentido, era tanto el maestro como el amigo de aquella muchacha de pelo canoso.
Ella levantó su copa, rebosante de un líquido amargo, y el licor salpicó y se escurrió por las paredes del recipiente al agitarlo.
En ese momento, su compañero domovói la observó con una mirada tan tierna y cálida como la de un mayor que mira con cariño a alguien más joven.
Un amor, un anhelo y una ambición ligeramente más grandes que el mundo entero estaban a punto de tomar forma en un lugar donde nadie pudiera verlos.
Se trataba de un concepto que habría sido imposible con la más mínima desviación, un experimento que rozaba la locura del mundo.
Era como si, sujetando las manos del destino, alguien hubiera hecho caer incontables veces una moneda en el lado de la cara para obtener ese resultado.
O quizás fue el malestar en la frontera lo que permitió que ciertas posibilidades atravesaran varias barreras y fueran capturadas y materializadas por medio de un plan absurdo.
Hubo una vez un grupo de personas al que, por encargo del Rey de las Nieves, el cual cargaba con el peso del pecado y la culpa, se le asignó una tarea.
Debían buscar la escalera que conducía al trono vacío de la corte de estrellas, el camino hacia un mundo libre de toda miseria.
Después de innumerables días y noches de arduo trabajo, incontables actos que desafiaban lo prohibido e incalculables expediciones a las ruinas de civilizaciones ancestrales...
Aquel sueño que se originó en el antiguo reino dorado por fin incubó un enorme embrión que había estado oculto en las sombras.
El vetusto domovói Alvis se levantó de su alto taburete e ignoró a la duquesa de las snegúrochkas y al alquimista melancólico de pelo largo.
El anciano, amable pero poco afectuoso, y gran duque que monopolizaba toda la industria minera desde la fundación de Kitezhgrado, alzó su copa hacia ella y dijo:
“Cuesta imaginar que una hazaña tan grande fuera finalmente llevada a cabo por humanos, pero todos sabemos que...
Pretender, en el transcurso de una vida tan breve, alcanzar e incluso superar todo lo que lograron nuestros predecesores, Aksinia...
Todos sabemos cuánto te has esforzado para hacerlo, y deberías sentirte orgullosa por ello”.
No debió ser nada fácil que el gran duque domovói, que nunca había tenido mucha estima por los humanos, diera una valoración como esa.
La muchacha se acordó de la primera vez que lo vio, y del profundo desprecio y temor hacia los humanos que reflejaba su mirada.
Pero eso poco importaba, pues el resentimiento de un hada era insignificante ante el gran sueño del Rey del Hielo y la Nieve.
Además, ese domovói, que aparecía repetidamente en la historia del reino de las nieves, le había enseñado a ella todo lo que sabía con mucha generosidad.
Asimismo, la había orientado en numerosas ocasiones, por lo que, en cierto sentido, era tanto el maestro como el amigo de aquella muchacha de pelo canoso.
Ella levantó su copa, rebosante de un líquido amargo, y el licor salpicó y se escurrió por las paredes del recipiente al agitarlo.
En ese momento, su compañero domovói la observó con una mirada tan tierna y cálida como la de un mayor que mira con cariño a alguien más joven.