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MAIN STATS
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Vida
645
717
SUB STATS
Roll 1
Roll 2
Roll 3
Roll 4
Vida
209
239
269
299
Vida
4.1%
4.7%
5.3%
5.8%
ATQ
14
16
18
19
ATQ
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4.7%
5.3%
5.8%
DEF
16
19
21
23
DEF
5.1%
5.8%
6.6%
7.3%
Prob. CRIT
2.7%
3.1%
3.5%
3.9%
Daño CRIT
5.4%
6.2%
7.0%
7.8%
Recarga de Energía
4.5%
5.2%
5.8%
6.5%
Maestría Elemental
16
19
21
23
Story
Satén Detenido en la Gloria
El lazo con forma de flor que ella recibió como regalo de una amiga cuyas manos eran gélidas como el hielo. Hoy en día, la mansión de las montañas administrada por la más ilustre de los snegovik rara vez recibe visitas.
Pero dicen que, en un tiempo pasado, muchos señores nobles acudían a los banquetes que se organizaban en ella portando invitaciones grabadas en oro.
La muchacha de cabello gris plateado también estaba entre los invitados, aunque en aquel entonces aún no era una hechicera en las sombras.
Tampoco había llamado aún a la puerta secreta, sino que tan solo era una sirvienta de la corte que acompañaba al emperador del Reino del Norte.
Las conversaciones de las hadas le parecían rancias y aburridas.
Además, como era humana, siempre tenía que soportar las miradas de aquellos seres tan diferentes a ella, así que se escapó discretamente del salón de banquetes...
Desgraciadamente, el interior de aquel edificio milenario era verdaderamente complejo.
Cuando la muchacha, que había estado ascendiendo sin un rumbo fijo, se dio cuenta de su error, descubrió que el camino de vuelta había quedado sepultado entre una maraña de pasillos sinuosos y escaleras interminables, mientras la luna la confundía con su juego de luces a través de las ventanas.
Sin embargo, en aquel lugar silencioso y solitario, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero entonces, la anfitriona del banquete, la duquesa de las snegúrochkas, apareció de repente detrás de ella.
En ese momento, la muchacha se dio cuenta de que la señora que dominaba el hielo y las nieves también llevaba mucho tiempo harta de los clichés y banalidades de sus invitados.
Así pues, no le prestaron más atención al banquete y la señora le mostró las pinturas, esculturas y enigmas que había ocultos en la mansión.
La muchacha de cabello gris reaccionó con la inteligencia y el ingenio que ya la caracterizaban en aquel entonces.
Cuando terminaron de hablar, la duquesa de las snegúrochkas, en una demostración de sus habilidades feéricas, esculpió un patio entero usando un hielo inderretible.
El patio tenía torres que eran como pilares de sal, árboles que se mecían suavemente sin que soplara el viento, hierba blanca, flores de escarcha, conejos y alces majestuosos...
Todo se desplegaba bajo sus pies, como un sueño que brota súbitamente junto a la almohada de alguien que duerme profundamente.
Como si hubiera notado el anhelo en los ojos de la muchacha, la duquesa de las snegúrochkas le recordó con cierto pesar:
“Aunque este sea un hielo que nunca se derrite, sigue siendo una creación mágica, así que no puede durar para siempre.
Lo que tienes ante ti no es más que un destello efímero de luz y sombra, grabado en la sangre de quienes antaño fuimos esclavos.
Pero quién iba a decir que serían los sirvientes de tiempos pasados quienes aún son capaces de realizar estos trucos,
mientras que los humanos que una vez fueron los amos ya no pueden recrear la gloria del pasado”.
Al despedirse, la duquesa de las snegúrochkas hizo para ella una flor de seda.
Aunque la seda pierde su color con el tiempo, es un material mucho más duradero comparado con el hielo inderretible.
Al observar cómo la snegúrochka le colocaba el lazo de satén en el pecho con sus finos dedos, la muchacha sonrió y dijo:
“Pensaba que... su destreza solo se aplicaba a la técnica con la que manipula el hielo y la nieve para dar forma a las cosas”.
“Aksinya...”, dijo la duquesa de las snegúrochkas. “La destreza no proviene de las manos, sino del corazón.
Esta es la prueba de nuestra amistad. A partir de ahora, no importa cuándo sea, siempre me alegraré de verte por aquí”.
Pero dicen que, en un tiempo pasado, muchos señores nobles acudían a los banquetes que se organizaban en ella portando invitaciones grabadas en oro.
La muchacha de cabello gris plateado también estaba entre los invitados, aunque en aquel entonces aún no era una hechicera en las sombras.
Tampoco había llamado aún a la puerta secreta, sino que tan solo era una sirvienta de la corte que acompañaba al emperador del Reino del Norte.
Las conversaciones de las hadas le parecían rancias y aburridas.
Además, como era humana, siempre tenía que soportar las miradas de aquellos seres tan diferentes a ella, así que se escapó discretamente del salón de banquetes...
Desgraciadamente, el interior de aquel edificio milenario era verdaderamente complejo.
Cuando la muchacha, que había estado ascendiendo sin un rumbo fijo, se dio cuenta de su error, descubrió que el camino de vuelta había quedado sepultado entre una maraña de pasillos sinuosos y escaleras interminables, mientras la luna la confundía con su juego de luces a través de las ventanas.
Sin embargo, en aquel lugar silencioso y solitario, sintió una paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Pero entonces, la anfitriona del banquete, la duquesa de las snegúrochkas, apareció de repente detrás de ella.
En ese momento, la muchacha se dio cuenta de que la señora que dominaba el hielo y las nieves también llevaba mucho tiempo harta de los clichés y banalidades de sus invitados.
Así pues, no le prestaron más atención al banquete y la señora le mostró las pinturas, esculturas y enigmas que había ocultos en la mansión.
La muchacha de cabello gris reaccionó con la inteligencia y el ingenio que ya la caracterizaban en aquel entonces.
Cuando terminaron de hablar, la duquesa de las snegúrochkas, en una demostración de sus habilidades feéricas, esculpió un patio entero usando un hielo inderretible.
El patio tenía torres que eran como pilares de sal, árboles que se mecían suavemente sin que soplara el viento, hierba blanca, flores de escarcha, conejos y alces majestuosos...
Todo se desplegaba bajo sus pies, como un sueño que brota súbitamente junto a la almohada de alguien que duerme profundamente.
Como si hubiera notado el anhelo en los ojos de la muchacha, la duquesa de las snegúrochkas le recordó con cierto pesar:
“Aunque este sea un hielo que nunca se derrite, sigue siendo una creación mágica, así que no puede durar para siempre.
Lo que tienes ante ti no es más que un destello efímero de luz y sombra, grabado en la sangre de quienes antaño fuimos esclavos.
Pero quién iba a decir que serían los sirvientes de tiempos pasados quienes aún son capaces de realizar estos trucos,
mientras que los humanos que una vez fueron los amos ya no pueden recrear la gloria del pasado”.
Al despedirse, la duquesa de las snegúrochkas hizo para ella una flor de seda.
Aunque la seda pierde su color con el tiempo, es un material mucho más duradero comparado con el hielo inderretible.
Al observar cómo la snegúrochka le colocaba el lazo de satén en el pecho con sus finos dedos, la muchacha sonrió y dijo:
“Pensaba que... su destreza solo se aplicaba a la técnica con la que manipula el hielo y la nieve para dar forma a las cosas”.
“Aksinya...”, dijo la duquesa de las snegúrochkas. “La destreza no proviene de las manos, sino del corazón.
Esta es la prueba de nuestra amistad. A partir de ahora, no importa cuándo sea, siempre me alegraré de verte por aquí”.
Pluma Detenida en la Creación
La pluma que ella otorgó a su seguidor, y con la cual una vez escribió sueños absurdos. Cuando el joven aprendiz siguió por primera vez a la erudita de cabello gris plateado hasta las sombras del mundo,
fue ahí donde contempló el fin de una civilización dorada, antaño colmada de gloria, tras haber sido devastada.
Congeladas en el tiempo y el espacio, las torres y fortalezas parecían gigantes cuyos cuerpos habían sido destrozados, mientras que la tierra se abrió como una grieta sollozante.
Aquella era una herida coagulada desde tiempos inmemoriales, un duro golpe del poderío remanente en el mundo del Señor del Firmamento.
Todos los sueños de libertad se desvanecieron tan rápido como una nieve que se derrite bajo el sol abrasador.
Toda duda sobre la rebelión obtuvo la más cruel de las respuestas antes de ser siquiera planteada.
Aun así, la erudita que lo presenció todo siguió avanzando entre las ruinas.
Haciendo caso omiso del peligro, su figura parecía más bien la de alguien que danza con patines de hielo sobre una cuerda floja.
“¿No te aterra saber que el camino que recorres ya lo recorrieron otros, y que el destino al que conduce es la destrucción?
¿No temes que el umbral que intentas cruzar esté hecho añicos, y que la escalera haya sido cortada por los cielos?”.
La erudita de cabello gris plateado escuchó en privado las advertencias de su joven aprendiz.
En aquel momento, ella estaba esbozando el diseño de un plan imposible y grandioso.
Durante la conversación, la erudita recordó que el domovói que tenía frente a sí misma iba a gozar de una longevidad un poco más larga que la suya.
Sin embargo, no se burló del miedo que sintió aquella criatura al presenciar la caída de una grandiosa civilización.
Al contrario: miró fijamente a los ojos del domovói, temblorosos por el miedo, y a las dudas que yacían en lo más profundo de su corazón.
“Aunque lo que vemos hoy no es más que la tumba en la que el fuego se enfrió hace mucho tiempo, ese fuego sí llegó a prenderse alguna vez.
No hacemos esto para heredar el legado de nadie, sino solamente para ver con claridad a la luz del fuego.
No hay por qué temer. Si no logramos adentrarnos en el nuevo mundo, quienes vengan después irán un paso más allá que nosotros.
No hay por qué tener miedo. Si no logramos cruzar el nuevo umbral, nuestros huesos servirán para forjar el siguiente peldaño”.
La erudita de cabello canoso, que ya no era una joven muchacha, puso en la mano de su aprendiz la pluma con la que escribía.
El joven domovói sintió un gran peso en la mano, pero no por la pluma, sino por la calidez de las palabras de la erudita.
fue ahí donde contempló el fin de una civilización dorada, antaño colmada de gloria, tras haber sido devastada.
Congeladas en el tiempo y el espacio, las torres y fortalezas parecían gigantes cuyos cuerpos habían sido destrozados, mientras que la tierra se abrió como una grieta sollozante.
Aquella era una herida coagulada desde tiempos inmemoriales, un duro golpe del poderío remanente en el mundo del Señor del Firmamento.
Todos los sueños de libertad se desvanecieron tan rápido como una nieve que se derrite bajo el sol abrasador.
Toda duda sobre la rebelión obtuvo la más cruel de las respuestas antes de ser siquiera planteada.
Aun así, la erudita que lo presenció todo siguió avanzando entre las ruinas.
Haciendo caso omiso del peligro, su figura parecía más bien la de alguien que danza con patines de hielo sobre una cuerda floja.
“¿No te aterra saber que el camino que recorres ya lo recorrieron otros, y que el destino al que conduce es la destrucción?
¿No temes que el umbral que intentas cruzar esté hecho añicos, y que la escalera haya sido cortada por los cielos?”.
La erudita de cabello gris plateado escuchó en privado las advertencias de su joven aprendiz.
En aquel momento, ella estaba esbozando el diseño de un plan imposible y grandioso.
Durante la conversación, la erudita recordó que el domovói que tenía frente a sí misma iba a gozar de una longevidad un poco más larga que la suya.
Sin embargo, no se burló del miedo que sintió aquella criatura al presenciar la caída de una grandiosa civilización.
Al contrario: miró fijamente a los ojos del domovói, temblorosos por el miedo, y a las dudas que yacían en lo más profundo de su corazón.
“Aunque lo que vemos hoy no es más que la tumba en la que el fuego se enfrió hace mucho tiempo, ese fuego sí llegó a prenderse alguna vez.
No hacemos esto para heredar el legado de nadie, sino solamente para ver con claridad a la luz del fuego.
No hay por qué temer. Si no logramos adentrarnos en el nuevo mundo, quienes vengan después irán un paso más allá que nosotros.
No hay por qué tener miedo. Si no logramos cruzar el nuevo umbral, nuestros huesos servirán para forjar el siguiente peldaño”.
La erudita de cabello canoso, que ya no era una joven muchacha, puso en la mano de su aprendiz la pluma con la que escribía.
El joven domovói sintió un gran peso en la mano, pero no por la pluma, sino por la calidez de las palabras de la erudita.
Hora Detenida en el Despertar de un Gran Sueño
El reloj que ella le obsequió al taciturno alquimista para recordarle todos sus compromisos. Era la época en la que la Zarina que ahora gobierna Snezhnaya aún no estaba sentada en el trono de su palacio de hielo.
En aquel entonces, la Nación del Hielo y la Nieve aún no había prohibido todo conocimiento relacionado con la alquimia a causa de Los Once.
Bajo el mando del Rey de las Nieves, el cual tapaba toda luz procedente del cielo, el joven alquimista encarcelado de cabello negro fue liberado de los grilletes que lo aprisionaban.
Y todo para que realizara una investigación que iba en contra de todo cuanto estaba prohibido.
Para el joven, el mundo no era más que un cúmulo de elementos físicos, y las cosas solo tenían sentido en el plano material.
Desde su punto de vista, la vida no era más que un rompecabezas cuyas piezas la naturaleza había tardado milenios en juntar; un mosaico que el intelecto humano, capaz de dominarlo todo, podía cortar y pegar a su antojo.
Así pues, hizo que a las bestias cuadrúpedas les crecieran alas, y que los tigres y los leopardos desarrollaran alas y cascos de insecto.
Esta técnica para modificar formas de vida dejó fascinados a muchos de sus colegas, pero él no se conformó con eso.
Las bestias solo eran formas de vida controladas por almas carentes de intelecto, mientras que los cuerpos de los seres inteligentes eran mucho más complejos e interesantes.
Al final, el alquimista dirigió su mirada a las hadas, que en aquella época aún gozaban de un estatus muy elevado, por lo que aquello era prácticamente un deseo de muerte.
La vida del joven debería haber terminado en ese momento, pero, en su lugar, sus crímenes llamaron la atención del Rey de las Nieves.
Con su cuerpo manchado por el pecado, se unió a un instituto de investigación que se atrevía a incursionar en todo lo que estaba prohibido.
En la tarde de ese mismo día, el sombrío alquimista conoció a una muchacha de cabello gris plateado.
Contra toda lógica, las palabras amables y atentas de la joven hirieron el orgullo del alquimista.
Ya fuera por envidia, o porque quería asustarla para que se alejara,
en el breve instante en que ambos estrecharon la mano, el alquimista usó un arte secreto para que en la palma de la mano de la muchacha creciera una oreja.
“Ah, así que esta es la técnica que dominas. Ya veo...
Esto será de gran ayuda para lo que vamos a hacer”.
La muchacha se tapó la boca con la mano en la que le había crecido una oreja e intentó susurrarle algo.
Al ver lo desconcertado que estaba el alquimista, entendió que no podía oír lo que decía a través de la oreja de su palma.
Resultó que, al fin y al cabo, solo era una forma de transformar la carne temporalmente mediante un arte secreta; una broma repugnante.
El órgano adicional se desprendió en un instante como si fuera la costra de una herida para, finalmente, transformarse en un charco de lodo. Sin embargo, esto solo le causó lástima a la muchacha.
“Eso ha sido fascinante. Pero aquí tenemos unas normas de gestión muy estrictas.
La próxima vez que quieras hacer algo así, recuerda enviarme la solicitud pertinente con antelación. Además...
No es que dispongamos de mucho tiempo, así que ya tienes toda tu agenda programada aquí”.
Aquello dejó al joven sombrío de cabello negro absorto durante el resto de la tarde.
En ese ensimismamiento, descubrió algo invisible e intangible que trascendía a la vida material.
Ya no podía ver este mundo como un mero rompecabezas cuyas piezas se habían juntado azarosamente gracias a cientos de coincidencias.
Entre todo aquello, había algo que le causaba un pinchazo, pero que al mismo tiempo no podía evitar anhelar.
En aquel entonces, la Nación del Hielo y la Nieve aún no había prohibido todo conocimiento relacionado con la alquimia a causa de Los Once.
Bajo el mando del Rey de las Nieves, el cual tapaba toda luz procedente del cielo, el joven alquimista encarcelado de cabello negro fue liberado de los grilletes que lo aprisionaban.
Y todo para que realizara una investigación que iba en contra de todo cuanto estaba prohibido.
Para el joven, el mundo no era más que un cúmulo de elementos físicos, y las cosas solo tenían sentido en el plano material.
Desde su punto de vista, la vida no era más que un rompecabezas cuyas piezas la naturaleza había tardado milenios en juntar; un mosaico que el intelecto humano, capaz de dominarlo todo, podía cortar y pegar a su antojo.
Así pues, hizo que a las bestias cuadrúpedas les crecieran alas, y que los tigres y los leopardos desarrollaran alas y cascos de insecto.
Esta técnica para modificar formas de vida dejó fascinados a muchos de sus colegas, pero él no se conformó con eso.
Las bestias solo eran formas de vida controladas por almas carentes de intelecto, mientras que los cuerpos de los seres inteligentes eran mucho más complejos e interesantes.
Al final, el alquimista dirigió su mirada a las hadas, que en aquella época aún gozaban de un estatus muy elevado, por lo que aquello era prácticamente un deseo de muerte.
La vida del joven debería haber terminado en ese momento, pero, en su lugar, sus crímenes llamaron la atención del Rey de las Nieves.
Con su cuerpo manchado por el pecado, se unió a un instituto de investigación que se atrevía a incursionar en todo lo que estaba prohibido.
En la tarde de ese mismo día, el sombrío alquimista conoció a una muchacha de cabello gris plateado.
Contra toda lógica, las palabras amables y atentas de la joven hirieron el orgullo del alquimista.
Ya fuera por envidia, o porque quería asustarla para que se alejara,
en el breve instante en que ambos estrecharon la mano, el alquimista usó un arte secreto para que en la palma de la mano de la muchacha creciera una oreja.
“Ah, así que esta es la técnica que dominas. Ya veo...
Esto será de gran ayuda para lo que vamos a hacer”.
La muchacha se tapó la boca con la mano en la que le había crecido una oreja e intentó susurrarle algo.
Al ver lo desconcertado que estaba el alquimista, entendió que no podía oír lo que decía a través de la oreja de su palma.
Resultó que, al fin y al cabo, solo era una forma de transformar la carne temporalmente mediante un arte secreta; una broma repugnante.
El órgano adicional se desprendió en un instante como si fuera la costra de una herida para, finalmente, transformarse en un charco de lodo. Sin embargo, esto solo le causó lástima a la muchacha.
“Eso ha sido fascinante. Pero aquí tenemos unas normas de gestión muy estrictas.
La próxima vez que quieras hacer algo así, recuerda enviarme la solicitud pertinente con antelación. Además...
No es que dispongamos de mucho tiempo, así que ya tienes toda tu agenda programada aquí”.
Aquello dejó al joven sombrío de cabello negro absorto durante el resto de la tarde.
En ese ensimismamiento, descubrió algo invisible e intangible que trascendía a la vida material.
Ya no podía ver este mundo como un mero rompecabezas cuyas piezas se habían juntado azarosamente gracias a cientos de coincidencias.
Entre todo aquello, había algo que le causaba un pinchazo, pero que al mismo tiempo no podía evitar anhelar.
Celebración Detenida en el Clamor
La copa de vino que ella obtuvo de su compañero como parte de la celebración. Hubo un tiempo en que el veneno primigenio y la luz primigenia se entrelazaron en un punto ciego de la mirada celestial.
Un amor, un anhelo y una ambición ligeramente más grandes que el mundo entero estaban a punto de tomar forma en un lugar donde nadie pudiera verlos.
Se trataba de un concepto que habría sido imposible con la más mínima desviación, un experimento que rozaba la locura del mundo.
Era como si, sujetando las manos del destino, alguien hubiera hecho caer incontables veces una moneda en el lado de la cara para obtener ese resultado.
O quizás fue el malestar en la frontera lo que permitió que ciertas posibilidades atravesaran varias barreras y fueran capturadas y materializadas por medio de un plan absurdo.
Hubo una vez un grupo de personas al que, por encargo del Rey de las Nieves, el cual cargaba con el peso del pecado y la culpa, se le asignó una tarea.
Debían buscar la escalera que conducía al trono vacío de la corte de estrellas, el camino hacia un mundo libre de toda miseria.
Después de innumerables días y noches de arduo trabajo, incontables actos que desafiaban lo prohibido e incalculables expediciones a las ruinas de civilizaciones ancestrales...
Aquel sueño que se originó en el antiguo reino dorado por fin incubó un enorme embrión que había estado oculto en las sombras.
El vetusto domovói Alvis se levantó de su alto taburete e ignoró a la duquesa de las snegúrochkas y al alquimista melancólico de pelo largo.
El anciano, amable pero poco afectuoso, y gran duque que monopolizaba toda la industria minera desde la fundación de Kitezhgrado, alzó su copa hacia ella y dijo:
“Cuesta imaginar que una hazaña tan grande fuera finalmente llevada a cabo por humanos, pero todos sabemos que...
Pretender, en el transcurso de una vida tan breve, alcanzar e incluso superar todo lo que lograron nuestros predecesores, Aksinya...
Todos sabemos cuánto te has esforzado para hacerlo, y deberías sentirte orgullosa por ello”.
No debió ser nada fácil que el gran duque domovói, que nunca había tenido mucha estima por los humanos, diera una valoración como esa.
La muchacha se acordó de la primera vez que lo vio, y del profundo desprecio y temor hacia los humanos que reflejaba su mirada.
Pero eso poco importaba, pues el resentimiento de un hada era insignificante ante el gran sueño del Rey del Hielo y la Nieve.
Además, ese domovói, que aparecía repetidamente en la historia del reino de las nieves, le había enseñado a ella todo lo que sabía con mucha generosidad.
Asimismo, la había orientado en numerosas ocasiones, por lo que, en cierto sentido, era tanto el maestro como el amigo de aquella muchacha de pelo canoso.
Ella levantó su copa, rebosante de un líquido amargo, y el licor salpicó y se escurrió por las paredes del recipiente al agitarlo.
En ese momento, su compañero domovói la observó con una mirada tan tierna y cálida como la de un mayor que mira con cariño a alguien más joven.
Un amor, un anhelo y una ambición ligeramente más grandes que el mundo entero estaban a punto de tomar forma en un lugar donde nadie pudiera verlos.
Se trataba de un concepto que habría sido imposible con la más mínima desviación, un experimento que rozaba la locura del mundo.
Era como si, sujetando las manos del destino, alguien hubiera hecho caer incontables veces una moneda en el lado de la cara para obtener ese resultado.
O quizás fue el malestar en la frontera lo que permitió que ciertas posibilidades atravesaran varias barreras y fueran capturadas y materializadas por medio de un plan absurdo.
Hubo una vez un grupo de personas al que, por encargo del Rey de las Nieves, el cual cargaba con el peso del pecado y la culpa, se le asignó una tarea.
Debían buscar la escalera que conducía al trono vacío de la corte de estrellas, el camino hacia un mundo libre de toda miseria.
Después de innumerables días y noches de arduo trabajo, incontables actos que desafiaban lo prohibido e incalculables expediciones a las ruinas de civilizaciones ancestrales...
Aquel sueño que se originó en el antiguo reino dorado por fin incubó un enorme embrión que había estado oculto en las sombras.
El vetusto domovói Alvis se levantó de su alto taburete e ignoró a la duquesa de las snegúrochkas y al alquimista melancólico de pelo largo.
El anciano, amable pero poco afectuoso, y gran duque que monopolizaba toda la industria minera desde la fundación de Kitezhgrado, alzó su copa hacia ella y dijo:
“Cuesta imaginar que una hazaña tan grande fuera finalmente llevada a cabo por humanos, pero todos sabemos que...
Pretender, en el transcurso de una vida tan breve, alcanzar e incluso superar todo lo que lograron nuestros predecesores, Aksinya...
Todos sabemos cuánto te has esforzado para hacerlo, y deberías sentirte orgullosa por ello”.
No debió ser nada fácil que el gran duque domovói, que nunca había tenido mucha estima por los humanos, diera una valoración como esa.
La muchacha se acordó de la primera vez que lo vio, y del profundo desprecio y temor hacia los humanos que reflejaba su mirada.
Pero eso poco importaba, pues el resentimiento de un hada era insignificante ante el gran sueño del Rey del Hielo y la Nieve.
Además, ese domovói, que aparecía repetidamente en la historia del reino de las nieves, le había enseñado a ella todo lo que sabía con mucha generosidad.
Asimismo, la había orientado en numerosas ocasiones, por lo que, en cierto sentido, era tanto el maestro como el amigo de aquella muchacha de pelo canoso.
Ella levantó su copa, rebosante de un líquido amargo, y el licor salpicó y se escurrió por las paredes del recipiente al agitarlo.
En ese momento, su compañero domovói la observó con una mirada tan tierna y cálida como la de un mayor que mira con cariño a alguien más joven.
Péndulos Detenidos en la Oscilación
El adorno que ella recibió de su único amo como premio. Aquel fue un regalo que el hombre alto sentado en el trono le hizo a ella por su cumpleaños.
Para el longevo Rey del Hielo y la Nieve, los humanos crecían en un abrir y cerrar de ojos.
Aún se acordaba de cuando estuvo vagando por el mundo de sombras.
Aquella tierra natal dorada y destrozada era la madre a la que nunca pudo conocer.
Allí, descubrió el secreto de los seres de Hiperbórea que había permanecido enterrado en la más honda de las profundidades.
Y también encontró las respuestas sobre sí mismo que había buscado con tanto ahínco durante milenios.
Sin embargo, nada de lo que descubrió logró liberarlo del interminable sufrimiento y de las dudas que lo atormentaban.
Después de todo, la mayoría de las veces, la sabiduría no es más que una maldición disfrazada.
Desde entonces, deambuló incontables veces por las ruinas envueltas entre sombras y se preguntó si realmente debía cargar con semejante peso.
En aquella época, en realidad ya nadie le exigía que cargara con esa responsabilidad y esa pesada carga.
Sin embargo, un día pasó por una edificación en ruinas llena de mecanismos de supervivencia de una era pasada.
Imaginó que fue algo que hicieron los antiguos con la esperanza de que perdurara hasta el futuro, conscientes de que la espada del Padre de los Cielos ya estaba cerca.
Había visto mecanismos similares a lo largo de su extensa vida.
Sin embargo, ninguno de ellos funcionaba o directamente estaban rotos, por lo que no servían de nada.
Pero esta vez fue diferente. Entre todos aquellos instrumentos apagados, uno de ellos se iluminó de repente al detectar algo.
Fue como un número al azar que surgió de un cálculo frío y preciso, como una probabilidad extremadamente minúscula que de pronto se amplificó.
Abrió la escotilla del mecanismo con una mezcla de inquietud y expectación, como si estuviera abriendo un cofre que contiene un tesoro.
Dentro de él yacía inconsciente, pero aún con vida...
Un bebé de cabello gris plateado.
“Gracias por su regalo”, dijo la muchacha, sentada totalmente erguida, mientras se tocaba el lóbulo de su oreja recién perforada, aún caliente.
Cuando el rey del Reino del Norte volvió en sí, la muchacha, que ya era adulta, le dio las gracias mientras intentaba tantearlo.
“¿Qué puedo ofrecerle a cambio?”, preguntó ella.
En realidad, no hacía falta que él respondiera nada.
Pero, de repente, una antigua tristeza le invadió la mente como si de escarcha se tratara.
Finalmente, el rey rompió el silencio y le contó a la muchacha aquello que anheló en algún momento, o que, mejor dicho, llevaba tanto tiempo anhelando...
Para el longevo Rey del Hielo y la Nieve, los humanos crecían en un abrir y cerrar de ojos.
Aún se acordaba de cuando estuvo vagando por el mundo de sombras.
Aquella tierra natal dorada y destrozada era la madre a la que nunca pudo conocer.
Allí, descubrió el secreto de los seres de Hiperbórea que había permanecido enterrado en la más honda de las profundidades.
Y también encontró las respuestas sobre sí mismo que había buscado con tanto ahínco durante milenios.
Sin embargo, nada de lo que descubrió logró liberarlo del interminable sufrimiento y de las dudas que lo atormentaban.
Después de todo, la mayoría de las veces, la sabiduría no es más que una maldición disfrazada.
Desde entonces, deambuló incontables veces por las ruinas envueltas entre sombras y se preguntó si realmente debía cargar con semejante peso.
En aquella época, en realidad ya nadie le exigía que cargara con esa responsabilidad y esa pesada carga.
Sin embargo, un día pasó por una edificación en ruinas llena de mecanismos de supervivencia de una era pasada.
Imaginó que fue algo que hicieron los antiguos con la esperanza de que perdurara hasta el futuro, conscientes de que la espada del Padre de los Cielos ya estaba cerca.
Había visto mecanismos similares a lo largo de su extensa vida.
Sin embargo, ninguno de ellos funcionaba o directamente estaban rotos, por lo que no servían de nada.
Pero esta vez fue diferente. Entre todos aquellos instrumentos apagados, uno de ellos se iluminó de repente al detectar algo.
Fue como un número al azar que surgió de un cálculo frío y preciso, como una probabilidad extremadamente minúscula que de pronto se amplificó.
Abrió la escotilla del mecanismo con una mezcla de inquietud y expectación, como si estuviera abriendo un cofre que contiene un tesoro.
Dentro de él yacía inconsciente, pero aún con vida...
Un bebé de cabello gris plateado.
“Gracias por su regalo”, dijo la muchacha, sentada totalmente erguida, mientras se tocaba el lóbulo de su oreja recién perforada, aún caliente.
Cuando el rey del Reino del Norte volvió en sí, la muchacha, que ya era adulta, le dio las gracias mientras intentaba tantearlo.
“¿Qué puedo ofrecerle a cambio?”, preguntó ella.
En realidad, no hacía falta que él respondiera nada.
Pero, de repente, una antigua tristeza le invadió la mente como si de escarcha se tratara.
Finalmente, el rey rompió el silencio y le contó a la muchacha aquello que anheló en algún momento, o que, mejor dicho, llevaba tanto tiempo anhelando...