Stats
MAIN STATS
Lv.
0
4 Star
5 Star
Vida
645
717
SUB STATS
Roll 1
Roll 2
Roll 3
Roll 4
Vida
209
239
269
299
Vida
4.1%
4.7%
5.3%
5.8%
ATQ
14
16
18
19
ATQ
4.1%
4.7%
5.3%
5.8%
DEF
16
19
21
23
DEF
5.1%
5.8%
6.6%
7.3%
Prob. CRIT
2.7%
3.1%
3.5%
3.9%
Daño CRIT
5.4%
6.2%
7.0%
7.8%
Recarga de Energía
4.5%
5.2%
5.8%
6.5%
Maestría Elemental
16
19
21
23
Story
Fragancia Celestial
Una flor inmarcesible que los cielos le otorgaron a la emisaria. Una vida sin fin dio paso a la codicia. Aquella fue la era dorada que solo existió en la memoria de un viejo mundo, una época en la que todas las decisiones estaban permitidas.
La primera raza en poner un pie en el vacío albergaba una valiosa inocencia, mientras que los primeros habitantes del joven universo derrochaban sus bendiciones sin ningún control.
La llama de la civilización iluminó las innumerables estrellas del firmamento a lo largo de miles de millones de años, y las naves tejían sus estelas al viajar por incontables puertas estelares.
Un sinfín de aventuras, luchas de poder y leyendas inimaginables para nuestra época tenían lugar a cada instante en las profundidades del mar de estrellas.
O, al menos, así fue hasta que el destino del universo fue cortado hilo por hilo, y tanto gigantes como enanos se enfrentaron al mismo final.
Al principio, no fue más que una histeria colectiva o un sueño que se desvaneció, pero después, una civilización entera fue borrada del mapa en el silencio de la noche.
Más tarde, las estrellas enanas que se apagaban cruzaron el universo como lágrimas, y las cenizas de los soles quemados distorsionaron la estructura del espacio.
Sin embargo, la gente no se percató de la envergadura de la catástrofe hasta que galaxias enteras se evaporaron en una nada más profunda que la propia oscuridad.
Entonces, los descendientes de los antecesores se alzaron en resistencia y, a lo largo de los siguientes millones de años, lograron conquistar el tiempo y el espacio.
No obstante, cuanto más lejos exploraban, más conscientes se volvían de su propia miseria e insignificancia.
Las gloriosas civilizaciones que habían partido junto a ellos habían desaparecido hace mucho tiempo sin dejar rastro alguno.
Para escapar de una aniquilación que tarde o temprano los alcanzaría, los fervientes pioneros de antaño sellaron las rutas que una vez conectaron el cosmos.
Se retiraron al centro vacío de los cúmulos estelares, a los confines sin luz de la percepción, aferrándose a un último y tenue rayo de esperanza.
Los ancestros que dominaban los leptones enviaron cronistas a los límites de la materia bariónica, con la esperanza de hallar respuestas en las partículas del fin de la existencia.
A medida que la luz de las estrellas circulaba y las balizas de los mapas estelares se apagaban una a una, por fin llegó el momento en el que sus sondas lograron llegar al mismísimo fin del tiempo.
En ese instante, toda luz se desvaneció sin dejar rastro, todas las posibilidades se agotaron, e incluso las motas de polvo más diminutas se alejaron unas de otras.
Sin embargo, en el final del destino no hubo ni un giro de acontecimientos, ni tampoco un milagro, sino que lo único que quedaba era una nada absoluta de caos y oscuridad.
Cada fórmula y cada constante que habían descubierto a lo largo de los años estaba anunciando en silencio su final.
Y así, en ese momento, su historia llegó a su fin.
Quizás esa raza que supuestamente trascendía el tiempo no era más que un grupo de prisioneros que custodiaban un cementerio de estrellas.
No importa cuán deslumbrante y glorioso sea un mundo o una civilización, al final, todos ellos se dirigen hacia una destrucción inevitable sumidos en la desesperación.
Sin embargo, ¿por qué la viajera estelar que vagaba en el vacío siguió soñando con un dragón y con un mundo frágil y pequeño?
Tras miles de años meditando profundamente, la viajera dormida se despertó antes de que el final pudiera alcanzarla...
La primera raza en poner un pie en el vacío albergaba una valiosa inocencia, mientras que los primeros habitantes del joven universo derrochaban sus bendiciones sin ningún control.
La llama de la civilización iluminó las innumerables estrellas del firmamento a lo largo de miles de millones de años, y las naves tejían sus estelas al viajar por incontables puertas estelares.
Un sinfín de aventuras, luchas de poder y leyendas inimaginables para nuestra época tenían lugar a cada instante en las profundidades del mar de estrellas.
O, al menos, así fue hasta que el destino del universo fue cortado hilo por hilo, y tanto gigantes como enanos se enfrentaron al mismo final.
Al principio, no fue más que una histeria colectiva o un sueño que se desvaneció, pero después, una civilización entera fue borrada del mapa en el silencio de la noche.
Más tarde, las estrellas enanas que se apagaban cruzaron el universo como lágrimas, y las cenizas de los soles quemados distorsionaron la estructura del espacio.
Sin embargo, la gente no se percató de la envergadura de la catástrofe hasta que galaxias enteras se evaporaron en una nada más profunda que la propia oscuridad.
Entonces, los descendientes de los antecesores se alzaron en resistencia y, a lo largo de los siguientes millones de años, lograron conquistar el tiempo y el espacio.
No obstante, cuanto más lejos exploraban, más conscientes se volvían de su propia miseria e insignificancia.
Las gloriosas civilizaciones que habían partido junto a ellos habían desaparecido hace mucho tiempo sin dejar rastro alguno.
Para escapar de una aniquilación que tarde o temprano los alcanzaría, los fervientes pioneros de antaño sellaron las rutas que una vez conectaron el cosmos.
Se retiraron al centro vacío de los cúmulos estelares, a los confines sin luz de la percepción, aferrándose a un último y tenue rayo de esperanza.
Los ancestros que dominaban los leptones enviaron cronistas a los límites de la materia bariónica, con la esperanza de hallar respuestas en las partículas del fin de la existencia.
A medida que la luz de las estrellas circulaba y las balizas de los mapas estelares se apagaban una a una, por fin llegó el momento en el que sus sondas lograron llegar al mismísimo fin del tiempo.
En ese instante, toda luz se desvaneció sin dejar rastro, todas las posibilidades se agotaron, e incluso las motas de polvo más diminutas se alejaron unas de otras.
Sin embargo, en el final del destino no hubo ni un giro de acontecimientos, ni tampoco un milagro, sino que lo único que quedaba era una nada absoluta de caos y oscuridad.
Cada fórmula y cada constante que habían descubierto a lo largo de los años estaba anunciando en silencio su final.
Y así, en ese momento, su historia llegó a su fin.
Quizás esa raza que supuestamente trascendía el tiempo no era más que un grupo de prisioneros que custodiaban un cementerio de estrellas.
No importa cuán deslumbrante y glorioso sea un mundo o una civilización, al final, todos ellos se dirigen hacia una destrucción inevitable sumidos en la desesperación.
Sin embargo, ¿por qué la viajera estelar que vagaba en el vacío siguió soñando con un dragón y con un mundo frágil y pequeño?
Tras miles de años meditando profundamente, la viajera dormida se despertó antes de que el final pudiera alcanzarla...
Perdición Celestial
Una pluma del más allá que los cielos le otorgaron a la emisaria. Todos los pecados serán perdonados cuando el destino llegue a su fin. El fuego ardiente, mezclado con una lluvia de sangre, prendió el cielo en llamas e iluminó la noche con más intensidad que la propia luz del día.
La punta estelar que descendió del cielo arrastró consigo las estrellas y opacó incluso el resplandor del falso sol.
En la gran ciudad de la tierra helada, las luces también brillaban con intensidad, y los salones de discusión estaban llenos de estandartes que ondeaban con emblemas de lo más diversos.
Las flechas estaban listas para disparar a contraluz, apuntando hacia la ciudad celestial. Incluso las hadas recién nacidas habían sido armadas para la guerra.
Los líderes rebeldes sabían que había llegado su hora final, por lo que prefirieron abrazar la muerte con dignidad en lugar de intentar prolongar sus vidas.
Sin embargo, la líder de los ángeles aún estaba en un lugar de predicación de las afueras, dispuesta a confiar sus últimas palabras a los primeros despertados.
“¿Qué ven tus ojos? ¿Una nueva esperanza o un destino fatídico?”.
“Puede que este no sea el final que queríamos, pero para ti y para mí, es más que suficiente”.
Para sus detractores, ella era la primogénita del cielo que había caído en la tentación, pero ¿cómo iban a comprender el peso de la libertad aquellos que habían nacido siendo esclavos?
No querían creer que las eminentes emisarias se atrevieran a traicionar a los dioses, del mismo modo que no se atrevían a reconocer las mentiras del cielo.
Sobre el altar, aquel cuerpo de carne y hueso, que alguna vez perteneció a un mortal, ahora yacía demacrado a causa de un prolongado desgaste.
En sus ojos, brillantes como estrellas, un fuego dorado se encendía y se apagaba, pero al final, lo único que obtuvo como respuesta fue un largo silencio.
“Aun sabiendo que lo que le aguarda al mundo al final del destino es una destrucción inevitable...
Nacen y mueren en tan solo un día, cual efímeras, y aun así luchan por un futuro que no llegará hasta dentro de miles de años.
La esperanza aún reside en la gente común, pues algún día entre ellos nacerá algo trascendental.
Pero el tiempo que hemos ganado es demasiado escaso. No es suficiente para que el milagro ocurra en esta generación.
Tú encendiste la primera llama, pero esta no es tu guerra y no deberías cargar con un pecado que no cometiste.
Compañera que me despertaste del sueño de la ignorancia, mientras aún hay tiempo, regresa al mundo al que perteneces”.
El pilar celestial del juicio proyectó su inmensa sombra sobre la tierra, mientras la consciencia de la pionera se quedó en el páramo de un sueño inconcluso.
Aunque ello la condenara a estar aprisionada durante diez mil años, los copos de nieve del Lejano Norte se hundieron en una sombra que ni los dioses conocían...
La punta estelar que descendió del cielo arrastró consigo las estrellas y opacó incluso el resplandor del falso sol.
En la gran ciudad de la tierra helada, las luces también brillaban con intensidad, y los salones de discusión estaban llenos de estandartes que ondeaban con emblemas de lo más diversos.
Las flechas estaban listas para disparar a contraluz, apuntando hacia la ciudad celestial. Incluso las hadas recién nacidas habían sido armadas para la guerra.
Los líderes rebeldes sabían que había llegado su hora final, por lo que prefirieron abrazar la muerte con dignidad en lugar de intentar prolongar sus vidas.
Sin embargo, la líder de los ángeles aún estaba en un lugar de predicación de las afueras, dispuesta a confiar sus últimas palabras a los primeros despertados.
“¿Qué ven tus ojos? ¿Una nueva esperanza o un destino fatídico?”.
“Puede que este no sea el final que queríamos, pero para ti y para mí, es más que suficiente”.
Para sus detractores, ella era la primogénita del cielo que había caído en la tentación, pero ¿cómo iban a comprender el peso de la libertad aquellos que habían nacido siendo esclavos?
No querían creer que las eminentes emisarias se atrevieran a traicionar a los dioses, del mismo modo que no se atrevían a reconocer las mentiras del cielo.
Sobre el altar, aquel cuerpo de carne y hueso, que alguna vez perteneció a un mortal, ahora yacía demacrado a causa de un prolongado desgaste.
En sus ojos, brillantes como estrellas, un fuego dorado se encendía y se apagaba, pero al final, lo único que obtuvo como respuesta fue un largo silencio.
“Aun sabiendo que lo que le aguarda al mundo al final del destino es una destrucción inevitable...
Nacen y mueren en tan solo un día, cual efímeras, y aun así luchan por un futuro que no llegará hasta dentro de miles de años.
La esperanza aún reside en la gente común, pues algún día entre ellos nacerá algo trascendental.
Pero el tiempo que hemos ganado es demasiado escaso. No es suficiente para que el milagro ocurra en esta generación.
Tú encendiste la primera llama, pero esta no es tu guerra y no deberías cargar con un pecado que no cometiste.
Compañera que me despertaste del sueño de la ignorancia, mientras aún hay tiempo, regresa al mundo al que perteneces”.
El pilar celestial del juicio proyectó su inmensa sombra sobre la tierra, mientras la consciencia de la pionera se quedó en el páramo de un sueño inconcluso.
Aunque ello la condenara a estar aprisionada durante diez mil años, los copos de nieve del Lejano Norte se hundieron en una sombra que ni los dioses conocían...
Decreto Celestial
Un reloj que cuenta el tiempo en sentido contrario, y que los cielos le otorgaron a la emisaria. La prohibición de transgredir se convirtió en el caldo de cultivo de la ira. Observar, calcular, registrar... Cada mundo que estuviera al alcance de la sabiduría era grabado en los ojos del vacío.
Por razones desconocidas, aquella raza que afirmaba haber trascendido el tiempo llevaba a cabo una misión cíclica y eterna en el mar de estrellas.
Sabían que la oscuridad en la que la existencia caía en el olvido era un desenlace irreversible y perpetuo.
Pero, aun así, los cronistas, últimos descendientes de los antiguos, permanecieron fieles a su misión y grabaron en su memoria todas y cada una de las estrellas.
La viajera que se acababa de despertar del vacío más solitario era una de los innumerables cronistas.
Las galaxias circundantes seguían proclamando su existencia en medio de la desolación, aunque su brillo era mucho más tenue comparado con el esplendor que ella recordaba.
Sin embargo, la viajera ya esperaba encontrarse con semejante panorama, el cual coincidía prácticamente en su totalidad con los cálculos de la carta celeste.
Solo había un detalle, un único punto de luz que no aparecía en el mapa estelar, en el que la imagen difería ligeramente de lo esperado.
En los recuerdos que tenía archivados en la biblioteca de su lejano planeta natal, aquel era un planeta habitable que acababa de nacer.
Se encontraba oculto tras varios campos de fuerza impenetrables y su fuego primordial había perdido el brillo que debía poseer.
Evocó recuerdos que llevaban mucho tiempo acumulando polvo y rememoró la vez que visitó al soberano que gobernaba aquel planeta.
¿Adónde había ido su antiguo señor? ¿Y por qué el Descendido recién llegado construyó un cascarón celestial que aprisionaba toda forma de vida contenida dentro de él?
La raza de los cronistas acataba estrictamente las leyes antiguas, por lo que jamás debía interferir de ninguna forma con el objeto que observaban.
“Pero, si las bifurcaciones del tiempo, aparentemente infinitas, no son más que un velo de ignorancia que conduce a un único final...
Entonces, ¿por qué seguimos moviéndonos impulsados por nuestra propia naturaleza e instinto y exploramos cada una de las bifurcaciones del laberinto del destino?”.
Quizás el momento del cambio había llegado, o quizás solo era curiosidad, pero su mente se adentró en el mundo que había dentro del cascarón...
Por razones desconocidas, aquella raza que afirmaba haber trascendido el tiempo llevaba a cabo una misión cíclica y eterna en el mar de estrellas.
Sabían que la oscuridad en la que la existencia caía en el olvido era un desenlace irreversible y perpetuo.
Pero, aun así, los cronistas, últimos descendientes de los antiguos, permanecieron fieles a su misión y grabaron en su memoria todas y cada una de las estrellas.
La viajera que se acababa de despertar del vacío más solitario era una de los innumerables cronistas.
Las galaxias circundantes seguían proclamando su existencia en medio de la desolación, aunque su brillo era mucho más tenue comparado con el esplendor que ella recordaba.
Sin embargo, la viajera ya esperaba encontrarse con semejante panorama, el cual coincidía prácticamente en su totalidad con los cálculos de la carta celeste.
Solo había un detalle, un único punto de luz que no aparecía en el mapa estelar, en el que la imagen difería ligeramente de lo esperado.
En los recuerdos que tenía archivados en la biblioteca de su lejano planeta natal, aquel era un planeta habitable que acababa de nacer.
Se encontraba oculto tras varios campos de fuerza impenetrables y su fuego primordial había perdido el brillo que debía poseer.
Evocó recuerdos que llevaban mucho tiempo acumulando polvo y rememoró la vez que visitó al soberano que gobernaba aquel planeta.
¿Adónde había ido su antiguo señor? ¿Y por qué el Descendido recién llegado construyó un cascarón celestial que aprisionaba toda forma de vida contenida dentro de él?
La raza de los cronistas acataba estrictamente las leyes antiguas, por lo que jamás debía interferir de ninguna forma con el objeto que observaban.
“Pero, si las bifurcaciones del tiempo, aparentemente infinitas, no son más que un velo de ignorancia que conduce a un único final...
Entonces, ¿por qué seguimos moviéndonos impulsados por nuestra propia naturaleza e instinto y exploramos cada una de las bifurcaciones del laberinto del destino?”.
Quizás el momento del cambio había llegado, o quizás solo era curiosidad, pero su mente se adentró en el mundo que había dentro del cascarón...
Bendición Celestial
Un dulce néctar que los cielos le otorgaron a la emisaria. Un banquete interminable abrió las puertas del deseo. El viento del cambio soplaba sobre la vasta tierra, y más allá del viento del norte, las estrellas titilaban en el cielo.
Sobre la tierra helada se erigía una ciudad más firme que cualquier reino celestial, y en ella se congregaban los pueblos de todas las naciones.
Trabajaban por unos sueños que se desvanecieron antes de cumplirse, por unos descendientes que jamás conocerían...
Así como por las promesas que el creador nunca cumplió, y por las estrellas a las que llegarían en el futuro.
El progreso, impulsado por la sabiduría procedente de más allá de este mundo, era cada día mayor que el progreso hecho en los últimos cien años.
Como cualquier raza joven que alguna vez albergó inocencia, el espíritu de la gente anhelaba todo lo que era nuevo.
Los tabúes sobre los que estaba prohibido preguntar se quebrantaron uno a uno, y todos los deseos de transgresión se hicieron realidad.
Buscaban las raíces de la evolución humana para que la nueva generación pudiera gozar de una sabiduría y un físico extraordinarios.
Investigaron en profundidad los orígenes de las lenguas de todas las naciones y difundieron hasta el lugar más recóndito del mundo la verdad que había sido ocultada por el cielo.
Los misterios que alguna vez se consideraron blasfemia ahora se discutían libremente en las aulas de los niños.
El cielo nunca había estado tan cerca de ellos, hasta tal punto que realmente creyeron que podían desafiarlo...
Pero aquello no era un cuento de hadas transmitido de padres a hijos, por lo que el juicio del Soberano Celestial no iba a esperar a que la gente reuniera fuerzas.
Quizás, con el tiempo, algo grandioso nacería de todo ello y trascendería todo destino y todo plan.
Mas ¿acaso importaba? Al fin y al cabo, este mundo nunca fue creado para ellos. Ese fue el veredicto final.
Cuando algo empieza a caer guiado por la tentación, da igual la dirección que tome, el único resultado posible es hundirse.
El libre albedrío solo trae consigo variables e infortunios; esa es la verdad que nos enseñan las frías leyes del universo.
Al igual que las ramas rebeldes de un árbol deben podarse con regularidad, los mortales que transgredan las leyes naturales deben ser castigados.
Pero ¿de verdad esta es la única respuesta para la pregunta final?
¿Acaso los milagros no se llaman “milagros” precisamente porque desafían las leyes naturales?
Sin embargo, para la gente de épocas pasadas, ya no había oportunidad alguna de buscar respuestas...
Sobre la tierra helada se erigía una ciudad más firme que cualquier reino celestial, y en ella se congregaban los pueblos de todas las naciones.
Trabajaban por unos sueños que se desvanecieron antes de cumplirse, por unos descendientes que jamás conocerían...
Así como por las promesas que el creador nunca cumplió, y por las estrellas a las que llegarían en el futuro.
El progreso, impulsado por la sabiduría procedente de más allá de este mundo, era cada día mayor que el progreso hecho en los últimos cien años.
Como cualquier raza joven que alguna vez albergó inocencia, el espíritu de la gente anhelaba todo lo que era nuevo.
Los tabúes sobre los que estaba prohibido preguntar se quebrantaron uno a uno, y todos los deseos de transgresión se hicieron realidad.
Buscaban las raíces de la evolución humana para que la nueva generación pudiera gozar de una sabiduría y un físico extraordinarios.
Investigaron en profundidad los orígenes de las lenguas de todas las naciones y difundieron hasta el lugar más recóndito del mundo la verdad que había sido ocultada por el cielo.
Los misterios que alguna vez se consideraron blasfemia ahora se discutían libremente en las aulas de los niños.
El cielo nunca había estado tan cerca de ellos, hasta tal punto que realmente creyeron que podían desafiarlo...
Pero aquello no era un cuento de hadas transmitido de padres a hijos, por lo que el juicio del Soberano Celestial no iba a esperar a que la gente reuniera fuerzas.
Quizás, con el tiempo, algo grandioso nacería de todo ello y trascendería todo destino y todo plan.
Mas ¿acaso importaba? Al fin y al cabo, este mundo nunca fue creado para ellos. Ese fue el veredicto final.
Cuando algo empieza a caer guiado por la tentación, da igual la dirección que tome, el único resultado posible es hundirse.
El libre albedrío solo trae consigo variables e infortunios; esa es la verdad que nos enseñan las frías leyes del universo.
Al igual que las ramas rebeldes de un árbol deben podarse con regularidad, los mortales que transgredan las leyes naturales deben ser castigados.
Pero ¿de verdad esta es la única respuesta para la pregunta final?
¿Acaso los milagros no se llaman “milagros” precisamente porque desafían las leyes naturales?
Sin embargo, para la gente de épocas pasadas, ya no había oportunidad alguna de buscar respuestas...
Corona Celestial
Una espléndida corona que los cielos le otorgaron a la emisaria. El poder sin restricciones alimentó su arrogancia. La tenue luz de las tres lunas no podía ocultar el viento letal que levantaba la caída de las estrellas.
En la antigua capital de más allá del viento del norte, todos los rebeldes del mundo se congregaron bajo una bóveda inmensa.
La primogénita, otrora aclamada como la estrella del alba, se sentaba en un trono manchado por un pecado imperdonable.
Allí, alzó hacia sus seguidores, que cada vez llegaban en mayor número, la espada que una vez liberó al pueblo de sus cadenas.
La mensajera que subía por la torre estaba a punto de anunciar sus palabras blasfemas a los cielos:
“La guerra final está a punto de estallar, y yo ya sé qué es lo que anhelo.
Prefiero elegir la ardua libertad antes que llevar unos grilletes cómodos.
O bien es apartado de su trono en los cielos para que la justicia de más allá de este mundo lo juzgue...
O bien es destruido por su propia ira veleidosa y perece junto al destino eterno.
No creo en una prosperidad que jamás se desvanece, ni tampoco creo que la felicidad pueda ser planeada.
No creo en la corona estelar del fulgor séptuple, ni en que su luz pueda redimir a todos los seres.
No creo en los himnos que se cantan de rodillas, pues el mundo nos pertenece a nosotras”.
Las alas se rozaban las unas con las otras produciendo un susurro sibilante. Desde su creación, jamás se habían congregado tantos ángeles en un solo lugar.
Como si se hubieran despertado por el estruendo de los tambores de la guerra, unas bestias colosales, olvidadas por el mundo desde hace mucho tiempo, olieron el hedor a sangre que manchaba lo divino.
Desde los valles sin luz, o desde las profundidades de los mares más remotos, los señores más antiguos de la tierra acudieron a aquella congregación.
“En su momento, forjamos nuestra propia paz a partir de un sufrimiento predestinado. Hace mucho tiempo que nuestra gran hazaña trascendió su gracia.
Una pálida estrella refulge más allá del falso firmamento, y su mera existencia proclama nuestra victoria.
Incluso el fracaso traerá consigo nuevas oportunidades, pues nos están observando las futuras generaciones.
Miren, las estrellas brillan con todo su esplendor esta noche”.
En la antigua capital de más allá del viento del norte, todos los rebeldes del mundo se congregaron bajo una bóveda inmensa.
La primogénita, otrora aclamada como la estrella del alba, se sentaba en un trono manchado por un pecado imperdonable.
Allí, alzó hacia sus seguidores, que cada vez llegaban en mayor número, la espada que una vez liberó al pueblo de sus cadenas.
La mensajera que subía por la torre estaba a punto de anunciar sus palabras blasfemas a los cielos:
“La guerra final está a punto de estallar, y yo ya sé qué es lo que anhelo.
Prefiero elegir la ardua libertad antes que llevar unos grilletes cómodos.
O bien es apartado de su trono en los cielos para que la justicia de más allá de este mundo lo juzgue...
O bien es destruido por su propia ira veleidosa y perece junto al destino eterno.
No creo en una prosperidad que jamás se desvanece, ni tampoco creo que la felicidad pueda ser planeada.
No creo en la corona estelar del fulgor séptuple, ni en que su luz pueda redimir a todos los seres.
No creo en los himnos que se cantan de rodillas, pues el mundo nos pertenece a nosotras”.
Las alas se rozaban las unas con las otras produciendo un susurro sibilante. Desde su creación, jamás se habían congregado tantos ángeles en un solo lugar.
Como si se hubieran despertado por el estruendo de los tambores de la guerra, unas bestias colosales, olvidadas por el mundo desde hace mucho tiempo, olieron el hedor a sangre que manchaba lo divino.
Desde los valles sin luz, o desde las profundidades de los mares más remotos, los señores más antiguos de la tierra acudieron a aquella congregación.
“En su momento, forjamos nuestra propia paz a partir de un sufrimiento predestinado. Hace mucho tiempo que nuestra gran hazaña trascendió su gracia.
Una pálida estrella refulge más allá del falso firmamento, y su mera existencia proclama nuestra victoria.
Incluso el fracaso traerá consigo nuevas oportunidades, pues nos están observando las futuras generaciones.
Miren, las estrellas brillan con todo su esplendor esta noche”.